CAPÍTULO 1
FLECHADO PARA SIEMPRE
Cuando dos miradas se encuentran
por primera vez
y estas se hablan mutuamente
es porque el travieso Cupido lanzó
sus flechas,
flechas que penetran en el alma
para siempre.
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El amor te hace ser un dibujante,
a cada instante tu mente dibuja a
esa persona.
Al dibujarla soy el mejor de los
artistas
por tener en mi mente la imagen
perfecta de tu ser.
La noche dio paso a la mañana, quien se asomó
con sus primeros brillos de luz. Los rayos del sol atravesaron por la ventana
de mi habitación y como un golpe violento llegó a mi rostro cuando mamá abrió
la cortina.
— ¡Ah…!—grité asustado porque sentí
algo extraño en las sábanas.
— ¿Qué ocurre?, ¿por qué gritas
así?, ¿tan fea soy? Seguro estabas soñando contigo mismo, ja, ja... —echó a
reír y al verme inmóvil quitó las sábanas de un solo golpe.
— ¿Qué esperas que no te mueves?
Tienes que llevar a tu hermano al co-le…gio — tartamudeó al notar que algo
ocurría conmigo y la sábana. Sus ojos se agrandaron al notar mi pijama mojada
como si me hubiera orinado.
Sí, efectivamente ese día estaba dejando de
ser niño para ser un púber. Sentí vergüenza y me sonrojé, me sugirió darme un
baño y así lo hice. Cuando ya estaba cambiado para ir a dejar a mi hermano a su
primer día de clases (después de haberse ausentado cuatro días por estar
enfermo) mamá entró a mi habitación, se
sentó a mi lado y con un tono dulce (no usual en ella) me dijo:
—Lo que acaba de ocurrirte es
normal. ¡Ahh diablos!—hace una breve pausa—. Se supone que tu padre debería
hablarte de esto, pero no está. Bueno, lo que te ha ocurrido es normal y se
llama…
—Sí mamá ya lo sé, he dejado ser un
niño—se quedó muda y sorprendida.
Le
resumí la clase de hace dos días sobre ese tema en el curso de Persona y
Familia. Nos dijeron que el varón empieza
a generar espermatozoides y la mujer óvulos, por eso a ellas le vine la
regla y a los varones... Al terminar el resumen de la clase la noté más
tranquila.
—Bueno, bueno, me alegra que les
hablen de esas cosas en el colegio. Entonces me han ahorrado el tema.
Dio un leve suspiro, besó mi frente y
se fue hablando entre dientes de cómo he crecido tan rápido y volvió a renegar
contra mi padre por su ausencia en momentos como este.
Es increíble cómo es la vida, mientras ayer
pensaba en juguetes y eso me daba felicidad, en la adolescencia la felicidad
lleva nombre. Es decir, se convierte en alguien en quien piensas y quieres
estar siempre con esa persona. Hasta hace poco a las justas saludaba a las
chicas con un simple hola, ahora era con su besito en la mejilla y que bien se
siente.
A los 13 años mientras llevaba a mi hermano
pequeño a su colegio conocí a Dulce, ella era brigadier y siempre estaba en la
puerta dando la bienvenida a los más pequeños, cursaba primero de secundaria.
Cuando estacioné mi bici y caminé hacia la puerta nuestras miradas se
encontraron.
Cuando dos miradas se
encuentran por primera vez
y estas se hablan
mutuamente
es porque el travieso
Cupido lanzó sus flechas,
flechas que penetran
en el alma para siempre.
Fue el eterno momento
para mi palpitante corazón.
Marcado cual tatuaje,
es decir: PARA SIEMPRE.
La puerta de su colegio fue testigo de ese
encuentro, encuentro que me marcó por dentro. El travieso Cupido lanzó sus
flechas y en ese momento nació el amor.
—Ven pequeño yo te llevo—dijo con una
carismática sonrisa mientras tomó la mano de mi hermanito. Mudo me quedé sin
decir nada por un momento.
—Gracias— musité después de unos segundos.
No
sé si me oyó, solo vi que luego volteó y me regaló otra sonrisa. Ese encuentro
pactado por el universo fue un viernes.
Con ansias esperé el lunes para volverla a
ver. Ese día me levanté muy temprano,
esta vez mamá no necesitó ir a quitarme
las sábanas para despertarme.
— ¡Alejandro!, ¿ya sacaste la bicicleta para
llevar a tu hermano?, ¿dónde estás?
—Sí mamá y la estoy limpiando—respondí con
alegría.
— ¡Qué! ¿Es en serio?
Mamá se asomó como si fuera a presenciar un
milagro, pues siempre le costó hacerme despertar y muchas veces me regañó por
no limpiar mi bici, ahora lo hacía silbando y contento. Luego cogí el peine y
arreglé mi erizado cabello. Ella movió la cabeza y dijo:
—Definitivamente veo que
ya te está escociendo el fideito, cuidadito nomás. ¡Qué tal raza con este mocoso!
Mamá
a veces era mal hablada, su carácter se puso fuerte desde la muerte de papá y
para educarnos siempre se mostraba así. En casa era prohibido contestarle o
darle la contra porque nos dejaba sin comer, a la hora de la comida con mi
hermano parecíamos ese animal mitológico llamado Cerbero; hambrientos sin más
poder. De la noche a la mañana me volví altruista, esa palabra siempre nos repetía la maestra y
cada mañana la ponía en práctica llevando a mi hermano a su colegio, aunque en
realidad era una solidaridad disfrazada; pues solo me importaba ver a mi PRIMER AMOR. Me costó mucho hablarle por mi repentina
timidez, sus grandes y perfectos ojos me ponían nervioso y cuando quería
acercarme para decirle lo que a solas había ensayado por semanas para
presentarme, mis pies me traicionaban estancándose en el piso. Regresaba
apenado por mi cobardía y solo me conformaba con la imagen de su sonrisa.
El amor te hace ser
un dibujante,
a cada instante tu
mente dibuja a esa persona.
Al dibujarla soy el
mejor de los artistas
por tener en mi mente
la imagen perfecta de tu ser.
El amor te hace ser
un dibujante,
los ojos son los
pinceles
la memoria la pintura
al mezclarse el
resultado es tu imagen perfecta.
Siempre quise una bici y mamá me compró una
de segunda mano (aunque más parecía de tercera), era de color azul y del típico
modelo de los años ochenta BH Bicicross, de esas sin asiento por atrás; como era
usada no tenía frenos. La situación
económica no daba para más, por ello esa bici fue bienvenida. Cuando la montaba
me ponía unas zapatillas viejas con una planta gruesa que hacían de frenos, en
esa bici llevaba a mi hermano al colegio.
Aún recuerdo el día en que por primera vez me
hablé con Dulce. Todo empezó una mañana, mi hermano Daniel se demoró en
alistarse, mamá me notó inquieto sin comprender el porqué, él a propósito tomó
lentamente su desayuno para molestarme. Cuando mamá salió por un momento al
patio, presioné el brazo de mi hermano y lo saqué de prisa; tenía la boca llena
y no pudo quejarse. Mamá al volver vio el desayuno a medio terminar y la
lonchera olvidada, salió de prisa y ya no estábamos. Daniel llegó tarde y Dulce
ya no estaba en la puerta del colegio.
Mi pequeño hermano había arruinado mi plan:
hablarle a Dulce de una vez por todas. Amanecí tan decidido; pero a veces las
cosas no salen como una las piensa, sino se dan porque tienen que darse.
Desde que la conocí casi nunca dejé de verla
y llevarme su sonrisa, esa sonrisa era de suma importancia para sobrevivir. Los
fines de semana los odiaba porque no podía contemplarla.
Miré con rabia a mi hermano quien asustado se
fue sin decirme nada. En vano intenté verla por la reja, me quedé mirando al
vacío y de pronto alguien me dio un empujón.
— ¡Vaya sorpresa!, mi pata mirando a las flacas
de mi cole—expresó con ironía Cristian.
Él era mi vecino y mejor amigo. Miró mi
bicicleta y echó a reír. Al verme fruncir el ceño dejó de hacerlo, quiso decirme
lo ridículo de mi “moderna” bicicleta, pero se lo reservó. A tanta insistencia
de por qué últimamente me ve tan seguido por su colegio le conté de mi amor
platónico. Muy contento me pidió chocar los puños, pues él también estaba
enamorado. En el patio la dama de mis sueños pedía la agenda a los tardones, me
alegré al verla y cuando iba a señalarle que allí estaba mi amor platónico la
auxiliar le llamó la atención pidiéndole se apure en ingresar y se fue
prometiéndome hablar del tema más tarde. Me fui a casa y me preguntaba si
Cristian la conocería, descarté esa posibilidad porque él estaba en segundo y
ella en primero.
Regresé apenado porque no pude hablarle, es
cierto que la vi; pero no tuve su mirada y sobre todo su fresca sonrisa. El
amor es cosa extraña me decía; pues ella se ha convertido en mi todo de la
noche a la mañana. Me pregunté si Dulce habrá notado mi ausencia. Al llegar a
casa intenté hacer mis tareas, mas no pude. Me puse a escribir unos versos.
Quien haya tenido un
amor platónico,
comprenderá lo que se
siente cuando no ves
a la persona que
amas;
pues el hecho de
mirarla es un mundo
y el no verla es
sentirte nada.
El amor que ya es
amor
se alimenta de
palabras, caricias, besos;
mas el amor
platónico, ¿de qué se alimenta?
Se alimenta de
miradas, de sonrisas, gestos.
Al amor platónico
solo le basta con ver a esa persona
aunque sea por un
insignificante segundo.
Todo eso es un todo.
La falta de esto es
no tener las vitaminas para sobrevivir.
Siempre me pareció
suficiente tu sonrisa
Al amor platónico eso
le basta al inicio.
Pero ahora me parece
insuficiente tu sonrisa.
Deseo escuchar tu voz
y hablarte
porque en silencio no
haga mas que amarte.
Me alegra mucho
verte,
pero ahora necesito
mimarte o quedaré demente.
¡Necesito expresarte
lo que tengo en mente!
Ya, pero ya.
La voz chillona de mamá interrumpió mis
versos, al levantar la vista una de sus manos las tenía en la cintura y en la
otra sostenía la lonchera de mi hermano. Mi pena se esfumó, cogí el pequeño
maletín, le di un beso efusivo y me fui silbando a mi cuarto para ponerme
zapatillas. Ella frunció el ceño, pues en otros tiempos le hubiera puesto peros
para no volver a ir al colegio de mi hermano con la excusa de tener muchas
tareas. Mamá se despidió y se marchó a
su trabajo.
“¡Volveré a verla! ¡Volveré a verla y me dará
una sonrisa!”, repetía mientras pedaleaba con más rapidez para llegar antes del
recreo y así verla por más minutos. Fui
con la esperanza de romper el silencio y presentarme de una vez por todas. De
mi casa a su colegio el camino era en bajada, tanta velocidad di que no pude
frenar con los “modernos frenos” de mis zapatillas; por la emoción me puse los
equivocados y no los de planta gruesa. Solo quedaba doblar cuadras antes del
colegio de mi hermano para bajar la velocidad;
pero, para mi mala suerte una señora embarazada estaba caminando por allí y no pude tomar ese rumbo. Seguí de
frente pero fue peor, en la siguiente cuadra una combi casi me hace cenizas, gracias a Dios frenó en seco y por la rapidez ni
escuché las palabras soeces que me increpó el conductor. Sentí la rudeza del
aire, la adrenalina de la velocidad, no sabía qué hacer, ¿cómo parar una
bicicleta sin frenos? Solo me quedaba doblar en la cuadra de la esquina del
colegio de Dulce, pero dos pequeños perros jugaban. Grité con fuerza para que
los canes se esfumen.
— ¡Oh Dios mío!, ¡qué hago!, ¡qué hago!

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