CAPÍTULO 2
SE ROMPIÓ EL SILENCIO
Si perdiera una mano,
escribiría con la otra
y si perdiera las
dos, lo haría con los pies.
Si perdiera también
los pies
grabaría mis versos
para que mi voz
susurre a tus perfectos
oídos.
Solo sé que nunca
dejaré de escribir
para ti mi amor, mi
gran amor.
El colegio de Dulce daba justo en la esquina,
en ocasiones pasadas fue escenario de algunos choques automovilísticos. Le
llamaban la esquina de la muerte, fue esa esquina mi última opción. En clase la
maestra de Dulce hablaba de Arequipa como una ciudad muy propensa a los sismos
y la importancia de estar preparados, dio las indicaciones para realizar
slogans y así concientizar a los demás salones sobre la necesidad de tomar en
serio los simulacros. No sé cómo describir esos segundos de adrenalina, de
saber que la única opción era doblar en la esquina de la muerte. Los canes, los
tiernos canes estaban allí interfiriendo mi camino, ¿o tal vez yo el de ellos?
“¡Oh no! No puedo atropellarlos, pero si no doblo en esa cuadra será peor. La
siguiente calle es larga y la esquina que sigue es más estrecha y sería llamar
a la muerte”, me dije. Los canes corrieron y …
— ¡Reacciona!, ¡reacciona!—escuché que alguien
me pedía mientras movía mi adolorido hombro.
Cuando abrí los ojos vi a mi ángel adorado
junto con su maestra y otros estudiantes. Más allá mi bici quedó con el timón
doblado, en el suelo había sangre y en
mi rostro también. La maestra mientras hacía su clase escuchó un golpe muy
fuerte en la pared, sus estudiantes se asustaron y pensaron que era un temblor.
Una jovencita dio un grito aterrador muy exagerado. Era el salón de Dulce, por
ello salieron para ver el motivo del remezón.
—Dulce y Marianela guíenlo a la enfermería,
yo llevaré a sus compañeros a la clase—les indicó la joven profesora.
—Sí maestra—respondieron a dúo.
— ¿Cómo te llamas? —me preguntó Dulce
mientras me vio cojeando.
Tanto había esperado ese momento en el cual
me imaginé hablando de todo con ella, con mi adorado ángel. No me importó el
dolor de pierna ni de mi mano izquierda la cual se había hinchado.
—Cato—respondí adolorido.
Al oír mi apodo sonrió.
—Muy peculiar tu nombre.
—En realidad me llamo Alejandro, pero en casa
me llaman Cato.
—Pero, ¿qué te pasó?, ¿por qué chocaste de
esa forma? Nos diste un gran susto, pensamos que era temblor—echó a reír con
exageración.
—Dulce no te burles, ¿acaso no miras como se
le ha puesto su mano? —intervino su amiga Marianela.
Cogió mi mano y sus ojos se agrandaron del
asombro. Al llegar a la enfermería me senté en un cómodo sillón, su amiga
Marianela fue a buscar a la enfermera quien no estaba presente.
— ¿Y no estudias? —me inquirió.
—Claro que sí, estoy en el turno de la tarde.
Mi colegio queda por el centro.
Volvió a coger mi mano, bajé la mirada por el
nerviosismo y me regaló una mágica sonrisa.
—La enfermera es la mejor, ya verás cómo te
quita la hinchazón.
—Eso espero porque si no ya no podré…—hice
una pausa, sus enormes ojos me miraron fijamente pidiéndome complete la
oración.
—Te quedaste callado, ¿qué ibas a decir?
Tomé aire y sin saber cómo, le expresé los
siguientes versos:
Si perdiera una mano,
escribiría con la otra
y si perdiera las
dos, lo haría con los pies.
Si perdiera también
los pies
Grabaría mis versos
para que mi voz
susurre a tus
perfectos oídos.
Y si eso no basta,
sacaría mi corazón
para que leas sus
latidos
para que veas que mi
corazón
lleva impreso tu
nombre.
Solo sé que nunca
dejaré de escribir
para ti mi amor, mi
gran amor.
— ¡Guau! —exclamó.
Quise
decirle que esos versos eran para ella, pero la enfermera cortó ese momento.
—Martita, por favor sánale sus manos sino
escribirá con los pies—dijo en un tono dulce y mirándome.
La enfermera no comprendió nada y al ver mi
mano se horrorizó, me hizo recostar en la camilla y al ver mi rostro con sangre
seca le alcanzó a Dulce agua oxigenada con gasa. Marta salió a buscar un taxi
para llevarme al hospital, no me dijo nada para evitar alarmarme mientras tanto
Dulce me atendió. Sentí su cálida mano y observé su rostro de cerca, mi corazón
iba a reventar de tanta emoción.
Durante un tiempo no pude ir a dejar a mi
hermano a su colegio y lo hacía mamá, por ende no vi a Dulce. Ella día a día
miraba como esperando mi llegada, pero nunca vine. Angustiada por no tener
noticias se le ocurrió preguntarle a Daniel, él la inquietó más al contarle
sobre mi estadía en el hospital y que había perdido la mano izquierda.
Al día siguiente vio a mi hermano con mi
madre, preocupada se acercó y le preguntó por mí.
—Señora, buenos días, ¿es usted la mamá de Cato?
—Sí—le respondió extrañada, pues solo en la
familia me llamaban Cato y uno que otro amigo—. ¿Conoces a mi hijo?
—Sí, quería saber cómo sigue; el otro día estrelló
su bicicleta en la esquina de mi salón—le señala el lugar donde me estrellé.
— ¡Cómo! ¿Estás diciendo que la bicicleta la chocó
en la esquina de la muerte? Este mocoso de miércoles me ha mentido —hace una
pausa y toma aire—. Está con el pie y una mano enyesada, por eso ya no viene—le
respondió.
Mamá
la miró de pies a cabeza y agradeció su gentileza por preocuparse por mí,
molesta se retiró sin decir nada más. Dulce, se quedó más pensativa.
En casa intenté saltar de alegría cuando mamá
me contó sobre una jovencita interesada en mi salud, era obvio que se trataba
de Dulce. Poco me duró esa alegría pues me dio una buena retada y pidió me
olvide de mi bicicleta.
—No comprendo por qué diablos me armaste un
cuento. Cuando compré la bicicleta prometiste no acelerar mucho, mil veces te
enfaticé seas consciente de la ausencia de los frenos, sin embargo olvidaste tu
compromiso. ¡No te das cuenta de tu insensatez! Esa bicicleta de miércoles,
culpa tengo por comprarla.
Era su forma de expresar su preocupación y
amor maternal, aquel accidente pudo ser una tragedia. Un año atrás la hija de
mi vecina murió en esa esquina de la muerte,
por eso se amargó mucho. Al salir fue a su habitación, lloró en silencio
y agradeció a Dios por cuidarme. Y no dejaba de tener razón, el golpe de aquel
día contra la pared fue tan fuerte, por eso los del salón de Dulce pensaron lo
del temblor. Pero ese golpe no será nada a todo lo que me tocará vivir. ¿Qué le
inventé a mamá sobre mi accidente?, ya no importa. Si mentí era para no
preocuparla, porque ya el ser madre y padre de dos hijos es demasiado para ella.
Cuánto extrañé la mirada y sonrisa de Dulce,
el saber de su interés por mí me animó a escribirle una carta. La otra razón es
porque su amiga Marianela me envió una nota con mi hermano comunicándome la
tristeza de Dulce y su preocupación en saber si realmente he perdido una mano.
También me indicaba que podía mandarle las cartas con ella y con gusto las
haría llegar a Dulce. El primer intento no sirvió, el distraído de mi hermano
se olvidó de darle la carta a Marianela; lo descubrí porque mamá me pidió ayude
a mi hermano en sus tareas, al buscar uno de sus cuadernos en su mochila
encontré mi carta, respiré hondo para no retarlo, él era mi única opción para
llevar mi encargo y me convenía tenerlo como aliado. Al día siguiente volví a
encargarle la carta, esperé con ansias su regreso del colegio, a lo lejos lo vi
con la vecina a quien mamá le había pedido el favor de recoger a mi hermano. Al
abrirle la puerta se lanzó contra mí muy molesto y me dijo que rompió la carta
porque sus amigos se burlaron de él. En su clase en el momento del recreo sacó
la carta y el más bromista se la quitó y se burló diciendo: “Tiene novia, tiene
novia”. Varios rieron con exageración y Daniel la rompió para demostrarles que
solo era un sobre sin importancia.
Pasaron unos días y pedí ayuda a mi amigo
Cristian a quien le describí como era Dulce, mas no le dije su nombre porque lo
conocía de molestoso. Marianela tenía un parecido con ella; ya sea en la
contextura, los ojos grandes, el porte, el cabello castaño y largo, etc. Por
ello él pensó que me gustaba la amiga de Dulce y estuvo más seguro cuando le
pedí si podría entréguele una carta. Así lo hizo; pero, se ganó el pase cuando
esa misma carta Marianela se la entregó a Dulce. No le dio importancia
conjeturando sería confidencias entre amigas, pero al verla contenta como
cuando a un niño le dan un chocolate, quedó intrigado. A la salida sus dudas se
despejaron cuando vio a Marianela entregarle una carta a mi hermano. Ella no se
llevaba bien con Cristian y no confiaba para nada en él.
Cristian muy astuto vio a Daniel esperando a mi vecina y cuando
ella llegó él se ofreció en traer a mi hermano a mi casa, en el camino sacó unas
bolas grandes y vinieron jugando. El juego consistía en lanzar la bola, el otro
tenía que chocar a la otra en un solo intento y si lo hacía se ganaba unas más
pequeñas llamadas canicas o chilpas. Cristian se dejó ganar, en el parque se
detuvieron y le mandó a comprar unos helados. Allí aprovechó en sacar el sobre
de su mochila y lo escondió. Esa carta nunca llegó a mis manos. Daniel cuando
me la quiso dar no la encontró, se disculpó por su descuido. Por otro lado
Cristian abrió el sobre y supo que mi amor platónico es Dulce, mujer a quien él
también amaba con todas sus fuerzas y a quien la besó a la fuerza en la fiesta
de Marianela semanas atrás. Varios los vieron besarse y desde allí los
molestaban.
En los dos meses que llevé el yeso en la
pierna y en mi brazo izquierdo solo tres veces recibí cartas de Dulce, pero
estas eran frías. También a ella le llegaron unas cartas sin gracia con mi
remitente. De todo eso se encargó Cristian y en esos dos meses ellos estuvieron
como enamorados. Él hizo pasar mis poemas como suyos, Dulce al leerlos admiró
su supuesto lado poético, el cual la cautivó. Un par de veces me pidió le
comparta unos poemas para su amada y lo hice sin recelo sin saber que eran para
mi querida Dulce. “Cuando te recuperes te la presentaré”, me decía.
Al sanarme del todo, mamá adelantó mi
obsequio de cumpleaños y me regaló una bicicleta nueva, ya no era una bicicross
sino del modelo tradicional, la abracé muy fuerte. Conté los segundos para el
día lunes, ese día me levanté temprano y al ir a dejar a mi hermano la volví a ver. A lo lejos movió
su mano y dio una enorme sonrisa, tontamente correspondí a su saludo, pero fue
para Cristian quien estaba varios pasos detrás de mí y no me di cuenta. Él al
verme se desatendió y se entretuvo con sus compañeros, me acerqué donde mi
amada y su semblante era otro; no comprendí nada. La saludé con un hola, ella
respondió secamente y su voz cambió al llamar a mi hermano, frotó su cabeza y
de la mano lo llevó al patio.
A Marianela le pregunté por la actitud de Dulce,
el timbre sonó y no pudo responderme, me pidió mi dirección y el fin de semana
me visitó. Pedí a mi hermano le abra la puerta mientras terminaba de ducharme.
Ella quiso decirme que me olvide de su amiga porque ya tiene enamorado.
Mientras me esperaba miró un álbum de fotos que estaba en la sala, grande fue
su sorpresa al ver en una de ellas a Cristian muy amigable conmigo, mi hermano
jugaba más allá, se le acercó y le hizo varias preguntas y supo que éramos
grandes amigos. Luego llamó su atención unas hojas, una de ellas era la
supuesta carta de Dulce y la leyó, cogió otra hoja y pudo leer el mismo poema que
semanas atrás Cristian le envió a su amiga. Había descubierto la perfidia de mi
amigo, decidió ir a buscarlo para ello mi hermano le dio su dirección. Sin dar
explicaciones se llevó la supuesta carta de Dulce y el poema escrito con mi
puño y letra.
La abuela de Cristian muy amable hizo pasar a
Marianela y llamó a su nieto, él pensó que era Dulce y cambió de cara al ver la
visita. Sin circunloquios le encaró su farsa y juego sucio, quiso disimular
pero al final le pidió no arruine su relación. Su abuela se disculpó por
interrumpirlos porque iban a salir y quedaron en dialogarlo en el colegio.
Al
día siguiente Marianela se disculpó conmigo por haberse retirado de improvisto
y me dijo que dentro de unas horas las cosas cambiarán porque Dulce será la
misma de antes. Mi amor platónico pasó cerca y su saludo frío apagó el
entusiasmo.
—Hoy saldremos a las once, te sugiero vengas
listo como para ir a tu colegio porque después de la sorpresa que te he
preparado comprenderás la actitud de mi amiga y todo se solucionará.
— ¿Acaso eres maga?—le bromeo.
—Tal vez.
Antes de irme busqué la mirada de Dulce y no
la conseguí, cuánto extrañaba su sonrisa, mil preguntas abordaron mi mente para
intentar saber el porqué de su cambio, conjeturé si tal vez mis poemas fueron
muy atrevidos y me fui.
A las once estuve en las afueras del colegio
de Dulce, al llegar vi a mi hermano quien se acercó y le pedí no diga nada a
mamá; le recomendé portarse bien en la casa de mi vecina quien es muy amiga de
mi madre, con ella se quedaba toda la tarde. Le regalé unas canicas lecheras y
se fue contento. En el patio Marianela muy tajante le decía a Cristian que
diría todo a su amiga, él se sentía entre la espada y la pared. Dulce sale por
la puerta principal buscando con la mirada a su amiga y al verme se queda
sorprendida, me observó de pies a cabeza y espontáneamente me regaló una leve
sonrisa.
—Te queda bien tu uniforme, no sabía que también
eras brigadier—me comenta.
—Sí—le respondí.
Marianela muy astuta nos citó en la puerta
principal y pidió a Cristian dialogar fuera del colegio. Al salir él se queda
pasmado al verme y comprendió el plan de Marianela, se detiene y entre dientes
vuelve a pedirle no arruine su relación con Dulce porque la ama con toda su
alma.
—Se supone que Alejandro es tu mejor amigo,
cómo puedes traicionarlo de esa forma.
Cristian
se sorprende y se preguntó cómo es que ella sabe toda la verdad.
—Si me delatas le diré a tus padres que
tienes enamorado—intenta intimidarla—. Para ellos tú eres una niña aún, tu viejo
no lo toleraría.
— ¡No me importa! Lo negaré, será tu pablara
contra la mía. Jamás darán crédito a alguien con problemas de conducta y a
quien probablemente dentro de poco lo expulsen—le contesta muy segura de sí.
—Digas lo que digas lo negaré. Dulce no
dudará de mi amor, además ella ya sabe cuánto te mueres por mí.
— ¡Cállate! —se detiene molesta porque era
cierto—. Eso no es verdad, jamás me gustaste y menos ahora. La prueba que no me
agradas es mi enamorado a quien quiero
mucho.
—No hay punto de comparación con ese nerd—
suelta una carcajada.
Me acerco con Dulce y percibo algo extraño
entre ellos, pero no comento nada.
—Amiga, Cristian tiene algo que decirte.
— Marianela, ¿por qué tanto misterio?, ¿cuál
es la sorpresa? —inquiere Dulce.
— ¡Sorpresa!, lo mismo me dijo—agregué.
—Así es, la sorpresa será para los
dos—Cristian suda un poco y se queda callado.
—Y bien, ¡habla!—le exige muy imperativa la
amiga de Dulce.
Él mueve la cabeza dando un no como respuesta
—Sabías que ellos son grandes amigos—le
comenta a Dulce.
— ¡En serio! No parece, nunca los vi juntos.
Marianela sin ambages lanza el dardo.
—Como Cristian no desea hablar, lo haré yo.
¿Recuerdas los poemas escritos por Cristian y los cuales en nuestro salón
elogiaron?
—Claro que lo recuerdo.
—Pues esos poemas…—hace una pausa mientras
Cristian la mira con desafío—. Él no los
escribió.
— ¡Cómo dices! —exclama Dulce.
Cristian jamás pensó tal atrevimiento de Marianela,
Dulce muy seria y sorprendida le pregunta a mi amigo si ello es cierto y este
cínicamente lo niega. Yo no comprendía nada.
— ¿Puedes explicarte? —le pide Dulce a su
amiga.
Marianela exige a Cristian para decir la
verdad llamándolo falso y mentiroso.
—No comprendo por qué me llamas de esa forma,
yo jamás mentiría a Dulce—responde Cristian muy tranquilo—. Todo es un mal
entendido, me cuesta decir esto, pero no tengo otra alternativa—se dirige a
Dulce—. Como sabes tu amiga siempre estuvo enamorada de mí, si se dieron cuenta
hace un instante hablábamos en privado y ella me lo expresó abiertamente y…
— ¡No seas absurdo!—protesta Marianela muy
molesta.
A la amiga de mi amor platónico no le quedó
más remedio que irse a las pruebas. Sacó las dos hojas que se llevó de mi casa,
Cristian no contaba con ello. El poema estaba primero y empezó a leerlo.
Cuando dos almas
nacieron para amarse,
los corazones son dos
imanes que se atraen
y no hay nada que lo
pueda detener…
De inmediato reconocí mis versos. Dulce también.
Cristian estaba perdido, ¿o no?

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